19/11/2017 Sin categoría 0

El arte craft y underground como motor social: el cine queer

El cine underground siempre ha sido el gran aliado de las minorías sociales. Alejándose de las grandes esferas y las miradas masivas, los artistas que podrían identificarse como queer y con ellos todos aquellos que no gozaban de los mismos privilegios que el resto de la población (esto es, cualquiera que no fuera un varón blanco heterosexual y cisgénero) se permitían dar rienda suelta a su talento con total sinceridad. No obstante, lo que comenzó como una rebeldía bajo tierra comenzó a ganar una popularidad inesperada. El cine underground perdió quizás el sentido literal de su nombre, pero no su esencia: fue el público el que lo acogió progresivamente y lo convirtió en algo “cool”. De pronto Andy Warhol, autor de un cortometraje titulado Blowjob (1963) cuya trama os podéis imaginar, era el artista más cotizado del momento, y el director de la BBC coescribía películas con Derek Jarman. Pero, ¿qué había antes de ellos? ¿Quién creó la base para que la última película en ganar el Oscar fuera Moonlight?

“Blowjob” – Andy Warhol

Si queremos hablar de cine queer underground, tenemos que remontarnos a 1947. Más de veinte años antes de que tuvieran lugar los Disturbios de Stonewall y de que el lema “Gay Power!” sonara a gritos por las calles de las grandes ciudades, un jovencísimo Kenneth Anger dirigía y protagonizaba un cortometraje que posteriormente pasaría a ser considerado uno de los dos pilares del Tardosurrealismo norteamericano (junto con Meshes of the Afternoon, 1943, de Maya Deren). Fireworks nos narra en unos 20 minutos el profundo sueño de un joven, a través del cual asistimos a la liberación de sus fantasías eróticas con otros hombres, todas ellas poseedoras de una fuerte carga masoquista. Aunque las imágenes no resultan demasiado explícitas para un espectador de 2017, su estreno hace ya setenta años supuso un escándalo desproporcionado y terminó con su autor en la cárcel por obscenidad. El film no pudo ser reestrenado hasta unos meses después de los Disturbios de Stonewall (¿casualidad?).

Tres años más tarde, en 1950, la osadía de Anger fue superada por otro de los artistas más controvertidos del siglo XX. Jean Genet dirigió ese año su única película, Un chant d’amour. Se trata de un film semi-autobiográfico, puramente surrealista y notablemente más explícito que el de Anger, que cuenta la experiencia de dos presos en una cárcel que buscan el afecto del otro a través de una pared en la que hay un agujero, y un policía que los espía y asalta sexualmente. El escritor francés se vale de una estética muy similar a la del cine surrealista de los años veinte para crear un delirio cargado de simbología freudiana ―los cigarrillos, por ejemplo, son símbolos fálicos que, junto con el agujero de la pared, metaforizan el contacto sexual entre los protagonistas. En 1966, el distribuidor Sol Landau trató de exhibirla en California, pero el poder judicial dictaminó que era inaceptable el hecho de que revelase “explícita y vívidamente actos de masturbación, copulación oral, el crimen infame contra la naturaleza (un eufemismo para la sodomía), voyeurismo, nudismo, sadismo, masoquismo y sexo”. Hasta principios de los setenta no pudo ser estrenada.

Fue precisamente en esta década, la de los 70, que el camino abierto por estos cineastas comenzó a dividirse en numerosos senderos. Directores más populares como Pasolini en Italia o Jaromil Jireš en la antigua Checoslovaquia, con películas como Teorema (1968) o Valerie y su semana de las maravillas (1970), comenzaron a abordar la homosexualidad de forma más sutil. Pero fue en el cine underground, de la mano de autores desconocidos, donde la influencia de Anger y Genet se hizo más evidente.

Con tan solo dieciocho años, el futuro fotógrafo James Bidgood se mudaba a la ciudad de Nueva York. Allí rodó a lo largo de seis primaveras, en su pequeño apartamento, su única película hasta el momento, Pink Narcissus (1971), un cóctel de fantasías eróticas en el que Bobby Kendall se pasea durante setenta y tres minutos descubriendo el sexo, rodeado de unas referencias mitológicas y una estética kitsch combinadas en un ambiente onírico que nos remite a los clásicos surrealistas. Su única cinta fue atribuida a diferentes autores, como Andy Warhol, ya que su director decidió que su nombre no figurara en los créditos y la presentó como Anónimo. No obstante, su influencia en el cine queer posterior se evidencia en clásicos como Sebastiane (Derek Jarman, 1976), película que transforma el mito bíblico de San Sebastián en una oda al deseo homosexual; o Querelle (Rainer Werner Fassbinder, 1982), film de contenido explícito y violento basado en una novela del ya mencionado Jean Genet.

Pink Narcissus – James Bidgood

Como vemos, algo estaba cambiando en la sociedad, y por tanto también en el cine. Derek Jarman, que debutó con el film arriba citado y desde entonces no dejó de radicalizar sus relatos, gozaba de una extraña popularidad en la cinematografía británica. Por otro lado Fassbinder, que ya llevaba años abordando la homosexualidad en sus películas y que alcanzó su clímax de controversia precisamente en su última obra, Querelle, dominaba por completo el cine alemán, que nunca había vuelto a ser tan grande desde los años del Expresionismo. Pero incluso antes que ellos, Pasolini volvía a mostrar su lado queer tras de Teorema, superando toda expectativa de transgresión en 1975 con su película maldita Saló o los 120 días de Sodoma, la última que realizó antes de ser brutalmente asesinado en la playa italiana de Ostia.

Saló o los 120 días de Sodoma – Pier Paolo Pasolini

Siguiendo la mecha que prendieron los marginados del underground como Anger y Genet y avivaron grandes nombres como Fassbinder o Pasolini, desde los años ochenta la sociedad ha ido cambiando y abriendo poco a poco su mente camino a la tolerancia y el respeto a lo “diferente”. No nos engañemos, el mundo sigue estancado en la defensa de un único modelo de comportamiento correcto, aquel que dicta el heteropatriarcado y que beneficia a la mayoría (social, no numérica) dominante: la de los hombres blancos, heterosexuales y cisnormativos que mencionábamos al comienzo del artículo. No obstante, sería injusto decir que no hemos avanzado, porque sí lo hemos hecho y mucho. El cine es una prueba irrefutable de ello.

Pasando por una lista de cintas que crece exponencialmente año a año, llegamos hasta 2013, año en que La vie d’Adèle de Abdellatif Kechiche, una historia de amor lésbico, se llevó la Palma de Oro en Cannes, quizás el festival de cine de mayor alcance internacional. Sin embargo, su explícito contenido sexual siguió encontrándose con muros que, si bien más sutiles que los levantados en los años cuarenta, le pasaron factura. La polémica la rodeó desde el principio, y la Academia de los Oscar decidió prescindir de ella en sus nominaciones a mejor película de habla no inglesa, a pesar de ser posiblemente uno de los mejores films del año. Pero incluso la vieja escuela estadounidense se está viendo forzada a adaptarse a los nuevos tiempos. En su última edición, Moonlight (Barry Jenkins, 2016) se llevó el premio a mejor película, y aunque su discurso queer es mucho más digerible que el de la cinta francesa, abre el camino a que ocurran cosas “fantásticas”: por ejemplo, que el nombre de Daniela Vega suene fuerte como posible primera mujer transexual nominada a mejor actriz por su papel en Una mujer fantástica (Sebastián Lelio, 2017).

Una mujer fantástica – Sebastián Lelio

Vemos por tanto que desde el cine underground se ha conseguido introducir lo queer en el circuito cinematográfico comercial. Aun así, las propuestas más radicales, arriesgadas y explícitas siguen chocándose de lleno con la censura silenciosa. Es por esto que los espacios como el Craft Film Festival, donde se acoge un cine que no está medido por intereses económicos, dan cabida a obras a menudo más puras y transgresoras. Porque como decíamos antes, aunque hayamos avanzado, todavía nos quedan muchas reglas que romper.



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