06/08/2018 Cinema, Magazine 0

El verano es para enamorarse

Quizás el calor sea causa y consecuencia, o tal vez no es más que una cuestión de exceso de tiempo libre, pero es innegable que el verano arrastra un aire turbulento, cargado de espontaneidad y estupidez a partes iguales, que infecta como un cáncer la razón. Incluso los menos enamoradizos se sentirán identificados con estas palabras. No en vano el concepto “amor de verano” tiene una presencia tan clara en la conciencia colectiva y, por tanto, también en el cine.

En este artículo hablaremos de algunas de las películas de verano que más nos han gustado, tomando como idea vertebral la ya mencionada desde el titular. En ningún momento pretendemos ofrecer una lista de las mejores películas de verano, sería disparatado. Nuestro criterio es absolutamente subjetivo y se ciñe estrictamente al tema del amor estival. Como fin último, este escrito logrará recomendar a los lectores un par de películas ideales para ver durante estas vacaciones, y quizás hará reflexionar de nuevo sobre las mismas a aquellos que ya hayan tenido la suerte de verlas.

Un verano con Mónica (Sommaren med Monika) – Ingmar Bergman (1953)

Pocos imaginaban a principios de los 50 que Bergman sería el encargado de firmar una de las obras más influyentes de la modernidad cinematográfica, pero menos son los que se atreverían a negarlo ahora que la perspectiva temporal avala al director sueco. El espectador actual, acostumbrado al Bergman de algunas de sus obras posteriores más célebres, casi preciosistas en su forma (Persona, Gritos y susurros), encontrará en esta película un ejemplo raro de espontaneidad y frescura. La sombra que alarga sobre la Nouvelle Vague, e incluso sobre las road movies estadounidenses, da fe del espíritu del film.

Un verano con Mónica es, ante todo, una película sobre un amor de verano. Y no podría haber otra mejor para encabezar este artículo. El film se centra en Harry y Mónica, dos jóvenes que tras discutir con su jefe y su padre –respectivamente–, huyen de sus vidas monótonas en el pequeño bote de Harry y pasan juntos el verano. Pocas veces se ha tratado con mayor acierto el tema como en esta película. Los romances de estío son agitados, de mecha muy corta, con picos de intensidad altísimos, y finales trágicos anunciados desde el mismo comienzo. A Bergman no le interesa tanto contarnos unos hechos concretos como transmitirnos esta sensación que todo aquel que haya vivido un idilio veraniego conoce bien. Así, entrelaza levedad y peso en una danza-torbellino que nos lleva del éxtasis a la relajación, siguiendo con la cámara de cerca el pelo, la cara, la piel, el cuerpo de Harriet Andersson, una de las actrices más sublimes de la cinematografía de Ingmar Bergman.

Pierrot el loco (Pierrot le fou) – Jean-Luc Godard (1965)

Si hablamos de la influencia de la película de Bergman en la Nouvelle Vague, uno de los ejemplos más claros lo tenemos en esta obra de Godard. Pierrot le fou es la historia de un romántico incurable que, aburrido de su vida conyugal, huye con su ex-amante a la costa a vivir su fantasía de verano en una casa en la playa. Lo que comienza como una road movie al uso termina como una expresión desmedida de la locura sentimental de la que hablamos. Godard, igual que Bergman, supera el afán simple de narrar unos hechos, y refleja también en lo formal –por ejemplo, en el uso del color– el huracán emocional. La relación de los protagonistas es, como ya dijimos, de mecha corta. Esta vez literalmente. Y la bomba explota.

Esta obra de Godard, a medio camino entre sus inicios más accesibles y su etapa más política –previa a la experimentación total de los 80–, es quizás una de las mejores opciones para aquellos que comiencen a acercarse al autor. La presencia de dos de sus actores fetiche, los geniales Jean-Paul Belmondo y Anna Karina, hace todavía más apetecible la película. Pierrot le fou es, en definitiva, un icono de la Historia del Cine.

Pauline en la playa (Pauline à la plage) – Éric Rohmer (1983)

Rohmer, otra de las figuras más destacadas de la Nouvelle Vague, firmó esta obra ya en los 80, en la que la influencia del movimiento con el que nació su cine está patente pero que emerge con un nuevo carácter, más propio de un estilo personal del director. Pauline à la plage es la historia, directa y sin artificio, de los romances vacacionales de una adolescente que está descubriendo su sexualidad, y su prima adulta que coquetea en un triángulo amoroso.

El escenario escogido es idóneo para la historia: el verano, la playa, el sol… todos son ingredientes cinematográficos perfectos para hablar de los enredos del amor inconsciente, irracional, incluso infantil. El tono de la película es mucho más contenido que el de Un verano con Mónica y, sobre todo, que el de Pierrot le fou. La obra de Rohmer encuentra su virtud en la sencillez y la inmediatez, y se apoya principalmente en los diálogos de los personajes, que ayudan a desenmarañar –y al mismo tiempo enredan– sus miedos y sus deseos. Pauline à la plage reivindica el verano como un bloque individual dentro del resto del año, con principio y final, en el que la candidez juvenil campa a sus anchas y nos empuja a disfrutar sin restricciones de nuestros sentimientos, con todo lo bueno y todo lo malo que esto conlleva.

Lucía y el sexo – Julio Medem (2001)

Esta película de Medem, uno de los directores mejor considerados del cine español contemporáneo, continúa por el camino planteado en las tres obras anteriores, y además abre una nueva rama discursiva que aviva y nutre la profundidad de la locura sentimental del verano. El argumento es aparentemente sencillo: Lucía es una fan incondicional de Lorenzo, un escritor. Al conocerse, comienzan una relación en la que priman la pasión y, como indica el título de la película, el sexo. Cuando Lorenzo desaparece, Lucía emprende un viaje a Formentera, donde chocará constantemente con los rincones más oscuros de sus emociones y su relación con el novelista.

El gran acierto de Medem en esta obra consiste en añadir a la enajenación pasional del verano –aquí centrada sobre todo en el deseo sexual–, el carácter de ficción. Toda la trama se desarrolla en base a la no distinción entre realidad y ficción. Lorenzo vive para escribir, Lucía está obsesionada con su obra… incluso el resto de personajes que emergen a lo largo de la película parecen entrar en este juego de alucinación y engaño. Nos podemos aventurar a concluir, siguiendo la línea de este artículo, que una posible tesis del autor sería: el amor de verano es una ficción desmedida.

Moonrise Kingdom – Wes Anderson (2012)

Retomamos la inocencia de Pauline… con la mejor película –en opinión del que escribe– de una de las personalidades más interesantes del cine de autor estadounidense contemporáneo. Moonrise Kingdom transcurre al final del verano, en los primeros días de septiembre, y tiene como protagonistas a dos chicos de 12 años: un boy scout víctima de bullying, y una adolescente amante de la literatura y –en opinión de sus padres– problemática. A través de sus cartas, los dos pre-adolescentes se declaran su amor y planean juntos su huida.

La película es uno de los retratos más cómicos y a la vez adorables del amor pre-adolescente que se han hecho en la gran pantalla. Las decisiones de los protagonistas son a la vez ingenuas y valientes –quizás ingenuidad y valentía sean sinónimos–, y contrastan con sus diálogos, de una profundidad y una madurez impropias de la gente de su edad. Juntos no solo experimentan la locura del primer amor que trágicamente tiene fecha de caducidad –recordemos que el verano está llegando a su fin–, sino también el descubrimiento del deseo sexual. En este aspecto se desarrolla uno de los diálogos más icónicos, a pesar de su sencillez, de la película, mientras los dos protagonistas bailan juntos en la playa:
Suzy: Está dura.
Sam: ¿Te molesta?
Suzy: Me gusta.

El desconocido del lago (L’inconnu du lac) – Alain Guiraudie (2013)

Terminamos el artículo volviendo de nuevo sobre nuestros pasos hasta reencontrarnos con Lucía y el sexo. Porque la piedra angular del amor en El desconocido del lago es de nuevo el contacto físico, la pasión y el sexo. La película es misteriosa, un tanto perversa y muy, muy explícita. A pesar de ello, Cahiers du Cinéma la nombró película del año, en el festival de Cannes se llevó el premio al mejor director en la sección Un certain regard, ganó mejor película y mejor fotografía en el Festival de Sevilla, y estuvo nominada a ocho premios César, de los cuales ganó el de mejor actor revelación. ¿Significa esto que hay esperanza comercial para las obras “molestas”?

La película de Guiraudie está ambientada en un lago francés donde hombres homosexuales practican cruising –sexo esporádico al aire libre–. Su protagonista, Franck, busca principalmente encuentros carnales. No obstante, desarrolla distintas relaciones con un observador pasivo –Henri–, con el que disipa la línea entre amistad y amor platónico, y con un atractivo, misterioso y peligroso Michel. Ambos personajes, cada uno a su manera, empujan al protagonista a traspasar los límites del sexo ocasional. La película añade una faceta interesante al amor carnal del verano: como si se tratara del último Fassbinder de Querelle (1986), Guiraudie funde sin complejos el sexo con la muerte, el placer con el crimen y el peligro. Es el último escalón, aquel en el que culmina la demencia del efímero querer estival.

A lo largo del artículo hemos presentado un listado de películas que giran en torno al tema de las aventuras sentimentales de verano. Insistimos de nuevo en que no se trata de una lista de las mejores películas veraniegas. En ese caso, sería una enumeración infinita y casi absurda desde su propia concepción –deberíamos incluir clásicos como Sonrisas de una noche de verano (Bergman, 1955) o joyas contemporáneas como Call me by your name (Guadagnino, 2017)–. Esta lista es más bien una breve selección de algunas de nuestras obras predilectas para esta época del año, escogidas con el único criterio de que se complementaran en su análisis, formando así una lectura completa en su conjunto. A lo sumo, el lector debe tomar este artículo como una recomendación para pasar el resto del verano junto a algunos de los grandes nombres de la Historia del Cine.



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Sebastián Blanco: