16/12/2017 Sin categoría 0

La Chinoise de Jean-Luc Godard: cincuenta años de la revolución

En 1967, hace ahora cincuenta años y justo uno antes de las revueltas del famoso Mayo del 68 en París, el padre de la Nouvelle Vague lanzaba su película más radical hasta el momento. Aunque ya con sus primeras obras de los sesenta, como Al final de la escapadaVivir su vida o Banda aparte, Godard estrenaba junto con sus coetáneos Truffaut, Rivette, Chabrol o Rohmer, entre otros, caminos hasta entonces inexplorados en la gran pantalla, con La Chinoise abrió una brecha que la elevaba por encima de las demás en numerosos aspectos. Desde entonces su cine no ha dejado de evolucionar y explorar sin ningún pudor, lo que convierte a Jean-Luc Godard, un cineasta comúnmente ligado a la década de los sesenta, en una de las miradas más frescas y libres del cine todavía en 2017.

El film comienza con una declaración muy clara, que define todo lo que veremos en los siguientes noventa minutos: “una película en construcción”. La radicalidad de la que hablábamos arriba empieza ya en lo formal. Se podría decir que la trama es la siguiente: un grupo de jóvenes ocupa un piso burgués durante el verano, mientras sus dueños están de vacaciones, y en ese piso crean la sede de lo que comienza como un grupo de estudio de maoísmo y marxismo-leninismo, y termina convirtiéndose en una especie de célula terrorista. No obstante, llega un momento en la película en que los protagonistas se reconocen a sí mismos como actores, miran a la cámara, se dirigen a ella, ensayan sus líneas… Godard incluso graba al propio equipo de filmación. Esta autoconsciencia de la película, esta idea de luchar contra el realismo formal y obligar a los espectadores a percibir que se encuentran delante de una obra de ficción, ya existía en los comienzos de la Nouvelle Vague y se conseguía, por ejemplo, a través del montaje. Sin embargo, posiblemente nunca se había llevado a este extremo.

Este recurso de mostrarnos la película “en construcción” funciona como un puzle que encaja todas las dimensiones de la cinta. Por un lado, está la construcción de la propia obra, pero en otra capa está la construcción de una revolución (que estaba teniendo lugar al mismo tiempo que Godard rodaba, y que estallaría un año después). También se podría entender como la construcción de una ideología en las moldeables mentes jóvenes de los protagonistas, que asumen como suyas las ideas de intelectuales revolucionarios, y estas ideas funcionan como bombas de relojería en sus cerebros y activan su lado más impulsivo e inconsciente. Así, Godard consigue con gran maestría potenciar el contenido de la película a través de su forma, y cuanto más extremos son los pensamientos y las acciones de los protagonistas, más extrema es la construcción formal de la obra.

A través de este estilo totalmente libre que los artistas de la Nouvelle Vague, aun gozando de cierto éxito y reconocimiento, usaban sin ninguna limitación, Jean-Luc Godard crea una película de ficción que funciona perfectamente como un ensayo filosófico-político. Su método no se ciñe a la narración lineal de una historia con principio, nudo y desenlace, sino que se mueve en el terreno más abstracto de la expresión ideológica.

Su postura frente a los revolucionarios maoístas es ambigua, especialmente a medida que avanza la película. Con el uso de esta fórmula casi ensayística, el director logra transmitir de una forma muy directa ideas claramente propias, algo que ya hace (y que hacen la mayoría de los directores) en otras películas a través del pensamiento y las acciones de sus personajes, pero que aquí llegan al espectador en ocasiones incluso a través de la voz del propio Godard, lo que nos lleva a entenderlas con mayor certeza como la expresión de su ideología. Estas ideas a menudo son tan radicales y sinceras como la propia película, por eso consiguen un efecto de impacto y polémica tan grande en el público, y son testimonio de la libertad creativa de un autor de la talla de Godard, algo que estamos acostumbrados a encontrarnos en circuitos más marginales y underground.

No obstante, como ya avanzamos en el párrafo anterior, el director juega con nosotros en un terreno ambiguo. Un visionado superficial de la película puede hacer que muchos la vean como un simple panfleto maoísta, pero basta con prestar un poco de atención para entender que hay mucho más en sus noventa minutos. Godard se plantea en La Chinoise una cuestión inmensa: ¿cuál es el límite de la revolución? A través de un grupo de jóvenes que se forman en las teorías del maoísmo y el marxismo-leninismo, el director nos presenta una serie de ideas y nos deja ver su postura favorable a ellas. En cuanto los jóvenes se acercan peligrosamente a una actitud extremista y comienzan a actuar como una célula terrorista, Godard claramente se distancia de ellos y les quita credibilidad.

El autor afirma que un fusil es una idea práctica, y que una idea es un fusil teórico. De igual modo, dice que una película es un fusil teórico, y un fusil una película práctica. Película e idea son aquí la misma cosa, y su concepción como arma es una muestra clara de la visión que tiene Godard del cine. Gracias a su total libertad creativa, por desgracia (o suerte) más habitual en el cine craft y underground que en el de figuras tan influyentes como la de Jean-Luc Godard, este mito del séptimo arte logra llevar a cabo su premisa: su película es un fusil. Mientras critica el uso de las armas a efectos prácticos, propone que su lugar lo ocupen las películas como esta, que obligan a quienes las ven a reflexionar, y logran por tanto un avance social que no necesita usar la violencia para llegar a su meta. Con sus 87 años recién cumplidos, Jean-Luc Godard sigue en activo. En 2014 ganó el Premio del Jurado en el Festival de Cannes por su última película, Adiós al lenguaje, y recientemente se ha estrenado su obra inédita Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine (1986). Esperamos que nos siga regalando obras tan necesarias como estas muchos años más.



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