17/11/2017 Sin categoría 0

La crisis económica y el auge del cine craft: “El camí més llarg per tornar a casa” y “Boy eating the bird’s food”

Para aquellos que nos dedicamos de una forma u otra al cine, y en general al mundo del arte y la cultura, no es ningún secreto que nuestra profesión ha quedado relegada a un segundo plano en el ámbito político. ¿Quién necesita ir a ver una película cuando su principal preocupación es llegar a final de mes teniendo un trozo de pan que llevarse a la boca? Podríamos escribir páginas enteras sobre lo desacertada que es esta pregunta, sobre lo equivocados que están nuestros políticos, y sobre lo indispensable que resulta para nuestro cerebro llorar frente a una pantalla enorme, tanto como un bocadillo de jamón. Pero este no es un artículo que busque la autocompasión, que si bien estaría totalmente justificada, nunca ha llevado a los artistas a buen puerto. En este artículo queremos reivindicar la destreza de los nuevos cineastas para beneficiarse del apuñalamiento económico que sufre nuestra profesión, que sacan adelante obras excelentes que no podrían existir si no fuera precisamente por su carácter artesanal y low-budget. Son estos cineastas quienes dan sentido al Craft Film Festival.

Dos buenos ejemplos para hablar de este tema son Ektoras Lygizos (Grecia) y Sergi Pérez (España), los directores de dos de las cintas que mejor representan la adaptación del cine a la realidad socioeconómica en los países más castigados por la crisis. Ambas podéis disfrutarlas en Filmin.

Boy eating the bird’s food (2012) narra la historia de un joven y talentoso contratenor que, rechazado por una Atenas contemporánea que no le da de comer, se ve obligado a alimentarse del alpiste de su pájaro. Si bien la crisis económica sirve como marco contextual y resulta ya de por sí un tema de grandes proporciones, la película va más allá. Las alusiones sociopolíticas están minuciosamente buscadas (recordemos uno de los diálogos más redondos del film, cuando Yorgos va a buscar trabajo y en la audición canta una ópera alemana, cuya letra no entiende. ¿Cómo va a interpretar la canción si no entiende el alemán?), pero no son la base del film. Rodada con una Canon 5D, la cámara en mano se mete de lleno en el protagonista, y tras ella nos metemos nosotros. Con Yorgos vivimos el rechazo, la soledad, nos sentimos perdidos. Pero, por encima de todo esto, nos sentimos desnudos. No es que expongamos literalmente nuestros cuerpos, lo que exponemos es algo mucho más complejo, son nuestras debilidades más puras y radicales.

Por otro lado, en El camí més llarg per tornar a casa (2015) ocurre algo similar. En este caso la historia no alude de manera tan directa a la crisis económica, pero la forma en que está producida e incluso dirigida la une inevitablemente a ella. La premisa de El camí… parece, si cabe, más absurda que la del film griego. Joel es un joven barcelonés que, tras la muerte de su mujer, ha olvidado alimentar a su perro durante una semana. Cuando se lo encuentra moribundo una mañana, decide llevarlo al veterinario, con la mala suerte de que olvida sus llaves dentro de casa. Comienza así un viaje claustrofóbico en plena calle (algo tan contradictorio como la mente del propio protagonista), en el que tratará de encontrar las llaves de su mujer fallecida para poder volver a casa.

Ambas películas tienen en común muchos aspectos. En primer lugar, el uso repetido de la cámara en mano, una decisión estilística que bien podría estar ligada a las necesidades de producción (recordemos que El camí…, por ejemplo, se rodó con fondos del propio director y ayudándose de una campaña de crowdfunding). Con la imagen inestable y el seguimiento del personaje, tanto Lygizos como Sergi Pérez consiguen introducirnos en la psique de sus protagonistas, y nos sitúan al borde del precipicio con ellos: no logramos juzgar sus actos, por reprobables que sean. Al contrario, damos un paso adelante y nos precipitamos con ellos.

Otro punto que une las dos cintas es la hostilidad externa total, que se usa para hurgar precisamente en los huecos más internos y dolorosos de los personajes. La máxima expresión de esta hostilidad se produce, posiblemente, en el plano sexual. Tanto en Boy… como en El camí… existe un encuentro sexual frustrado por el rechazo del otro, que además es en ambos casos un rechazo físico, casi superficial, que saca a relucir la podredumbre interna de los protagonistas. También une las dos películas una polémica secuencia de masturbación (en el caso del film griego es posiblemente la más destacada del metraje), que nos dirige de nuevo al rechazo ajeno, y nos habla una vez más de una soledad y un patetismo desgarradores.

Por último, el punto de unión más sólido (y quizás más lírico) entre las dos obras que comentamos es la presencia del animal. En el caso de Boy eating the bird’s food, el pájaro; en el de El camí més llarg per tornar a casa, el perro. Los animales que acompañan a los protagonistas durante toda la película cumplen una función casi kafkiana (palabra muy abusada, pero muy acertada): nos encaminan a una metamorfosis brutal del interior de los personajes, mientras el exterior los rechaza cada vez más. Funcionan casi como una metáfora de sus dueños o incluso una extremidad más de su cuerpo. Con ellos se nos muestra el lado más instintivo, salvaje y agresivo de los personajes, pero también el más vulnerable.

Y es en esta maravillosa decisión donde nos volvemos a encontrar con la marca del cine craft. Un crowdfunding jamás permitiría al personaje de Yorgos transformarse literalmente en un pájaro. Tampoco lo necesita. Como ya ocurría en 1942 con Cat People (Jacques Tourneur), la falta de dinero nos obliga a sugerir, y sugerir siempre es mucho más atractivo que mostrar. Así, no podemos mostrar al actor Yiannis Papadopoulos volando, pero sí podemos sugerir un caminar raro, una coreografía artificial que incluso se aproxima a la danza contemporánea. Tampoco podemos hacer que a Borja Espinosa le salga cola y hocico, pero sí podemos dejarle crecer la barba y volverlo progresivamente agresivo. Así, con dos actores insuperables y mucha imaginación, Boy eating the bird’s food y El camí més llarg per tornar a casa se convierten en dos joyas del cine desnudo, despojado de envoltorios, con el espíritu craft latiendo en cada fotograma.



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