06/01/2018 Sin categoría 0

Los Reyes no tan Magos de El cant dels ocells

El cant dels ocells (2008), la película de Albert Serra ganadora de tres premios Gaudí (mejor película en lengua catalana, mejor dirección y mejor fotografía), es el cuento navideño ideal para aquellos que disfrutan de las revisiones y deformaciones cinematográficas de la tradición cristiana. La sinopsis es muy sencilla: los tres Reyes Magos recorren su largo camino hacia el lugar donde María y José se refugian con su bebé recién nacido, el hijo de dios. A priori puede parecer un tanto simple, pero el director aporta a la historia una visión sumamente personal que se mueve entre la sátira y el costumbrismo, que avanza con una lentitud severa que muchos espectadores pueden considerar demasiado pesada, pero que empuja a quien la ve a dejarse llevar por la belleza sin artificios de sus imágenes, las cuales funcionan como vehículo ideal hacia un lugar de misterio y trascendencia que no se encuentra en sus diálogos ni acciones, sino en su forma.

Una de las claves que emplea Serra para lograr un producto tan propio e interesante es la desmitifcación del mito. Se podría decir que los Reyes Magos de El cant dels ocells, ni son tan reyes, ni son tan magos. Más bien, en la película aparecen presentados como dos ancianos y un hombre de mediana edad que titubean en su camino, discuten sobre cosas cotidianas e incluso sufren hasta la extenuación para llegar al final. En la hora y media de película encontramos imágenes que jamás esperaríamos. Un baño en el mar bravo, la cámara sumergida, tres hombres gordos flotando en el agua clara, sus barrigas descubiertas en un plano casi nadir… Fuera de contexto, jamás adivinaríamos que se trata de los Reyes Magos en su camino al portal de Belén.

Pero además, la deconstrucción del mito tiene lugar en buena parte a través del humor, que no es aquí un humor exacerbado de carcajada y gag constante, sino más bien un humor que se gesta en la extrañeza de la cotidianeidad, por contradictoria que parezca esta afirmación. Los cuentos cristianos como el de los Reyes Magos, a pesar de estar hondamente arraigados en la cultura occidental, poseen siempre un aura de misticismo y ascensión trascendental que en la película de Albert Serra se encuentra más en las imágenes que en la trama y los personajes. Así, a lo largo de El cant dels ocells podemos ver a un Rey Mago rodando voluntariamente por la tierra; a los tres protagonistas discutiendo durante varios minutos sobre si podrán o no subir a cierto sitio, contradiciéndose y pisándose como si se tratara de una discusión de ancianos en la taberna del pueblo; incluso varios diálogos cercanos a lo sacrílego (un rey mago que se queja diciendo “hostia santa”, o bien los tres hombres volviendo de visitar al niño, protestando por su experiencia: “aquí no volvemos, estamos hasta los cojones de la arena”, “es que parecemos esclavos”).

Con esta desmitificación, el director logra algo que comentábamos en la introducción: construir una visión personal, revisada y adulterada del cuento religioso. Aunque no hay duda de la originalidad de su propuesta, está claro que Serra bebe de una amplia tradición cinematográfica que le precede, repleta de grandes nombres que antes de él trabajaron con gran éxito sobre los textos bíblicos dándoles una nueva significación.

Algunos de ellos, que seguramente se encuentran entre los referentes del director catalán y que desde Craft os recomendamos encarecidamente son: Carl Theodor Dreyer, que con su película Ordet (1955) nos habla de un hombre que dice ser el hijo de dios, y al que todos toman por un loco; Luis Buñuel, que en Simón del desierto (1965) nos presenta una historia de corte bíblico con un tono humorístico sublime; Pier Paolo Pasolini, que en Teorema (1968) aporta una personalísima visión de la figura del redentor que bien podría tratarse de un ángel o del mismísimo Jesucristo, completamente descontextualizada pero sin duda alguna certera; o Jean-Luc Godard, que toma en Je vous salue Marie (1984) la historia más universal de todo occidente, la de la divina concepción de la virgen María y su relación con José, y la lleva a la sociedad contemporánea (detalle que causó un revuelo de una magnitud desorbitada).

Fotograma de Ordet (1955), de Carl Theodor Dreyer

Como ya comentamos antes, el aura trascendental propia de los relatos bíblicos se consigue en la película a través de la imagen, que se vale de una cuidada fotografía en blanco y negro en la que se emplea únicamente luz natural, y que probablemente sea lo mejor del El cant dels ocells. A lo largo de la cinta abundan los grandes planos generales, estáticos, de hermosos paisajes que pasan de la montaña, al mar, al desierto, de vuelta a la montaña… El movimiento es básicamente interno, y tampoco este es muy acusado. Las imágenes funcionan casi como pinturas o incluso como un Belén viviente.

El uso de estos planos distendidos que parece que no van a terminar, de los tiempos muertos que obligan al espectador a recorrer cada centímetro de pantalla antes de que llegue el corte que presente el siguiente plano, encuentra antecesores también entre los grandes nombres del cine moderno y contemporáneo. Por ejemplo, Michelangelo Antonioni halló en la longitud de los planos y en la aparente falta de acción una de sus grandes fortalezas, como podemos comprobar en Il deserto rosso (1964) o Blow-up (1966). También Béla Tarr, uno de los directores más interesantes de los últimos años, se recrea en planos casi eternos, como ocurre en Las armonías de Werckmeister (2000) o en El caballo de Turín (2011), película posterior a la de Albert Serra, en la que el director húngaro emplea únicamente treinta planos a lo largo de más de dos horas y media de película.

Fotograma de El caballo de Turín de Béla Tarr (2011)

Como hemos visto, la película de Albert Serra que este año celebra su décimo aniversario tiene numerosos detalles que la convierten en una pieza rara e interesante, y digna de valorar por su riesgo y su personalidad, rasgos poco comunes en el cine comercial contemporáneo. Si bien el director tiene una larga estela tras de sí de grandes autores que han logrado lo sublime utilizando algunas técnicas que Serra toma para su obra (como hemos explicado más arriba), esto no debe ser para él ni para ningún cineasta intimidante sino estimulante, puesto que referencias como Buñuel, Pasolini o Tarr son la base perfecta para crecer y perfeccionarse. De hecho, desde que estrenara El cant dels ocells, el autor catalán ya ha dirigido cuatro largometrajes, entre los que se encuentra la aclamada La muerte de Luis XIV (2016), y se ha convertido en uno de los nombres más sonados de la cinematografía catalana de los últimos años.



About the Author

dostres: