15/02/2018 Sin categoría 0

The Love Witch: bombardeando el sexploitation

Hace poco más de un año, en noviembre de 2016, Anna Biller estrenaba The Love Witch, y para describir su trabajo en ella la palabra autora se le quedaba corta: en ella, Biller asumió los roles de directora, guionista, productora, directora de arte, directora de vestuario y compositora de la música. El resultado es una rareza, una obra con una personalidad desbordante que funciona a la perfección como caramelo apetecible por su forma tanto como arma política por su fondo.

The Love Witch narra la historia de Elaine, una joven bruja que se muda a California tras la muerte en circunstancias extrañas de su marido. Allí trata de rehacer su vida y, sobre todo, de encontrar el amor (o lo que ella cree que es el amor), algo que la obsesiona. La película tiene un envoltorio, cuanto menos, llamativo. El uso de los colores sobresaturados nos recuerda a las comedias de los años 60, al cine del sexploitation y de la supuesta revolución sexual. Incluso las actuaciones, la forma de hablar de los actores, parecen sacadas de esa década. Hay quien incluso podría pensar que se trata de actuaciones mediocres, pero es evidente que la directora busca un tono concreto para enriquecer su discurso (tomemos como referencia, por ejemplo, la película del mismo año dirigida por Nicolas Winding Refn, The Neon Demon, en la cual las modelos hablan como si fueran robots, exageradamente pausadas, sin matices).

Con seguridad podemos decir que esta presentación formal de la obra, si bien resultará una delicia para los amantes del kitsch y los nostálgicos del cine de hace medio siglo, no es un simple capricho estético de Anna Biller sino una declaración ideológica en toda regla. Rodeada de esta carcasa deslumbrante, la protagonista Elaine nos deja presenciar sus peripecias con los hombres y con sus vecinas, gracias a las cuales descubrimos a un personaje femenino fuertemente cargado con los estereotipos machistas del cine al que referencia la directora. Es precisamente desde esa posición, la del estereotipo de mujer hipersexualizada que da a su amado varón todo lo que desea, que la directora logra convertir a su protagonista en una figura cargada de rebeldía feminista. Elaine maneja a sus amantes como quiere, los hace caer rendidos ante sus hechizos de bruja, y cuando se cansa de ellos los mata.

Así, presentando a esta especie de antiheroína en un marco tan reconocible como es el cine erótico de los 60, Anna Biller logra derruir los muros del mismo, bombardea las ideas machistas de aquellas películas de la mejor forma que se puede hacer: invadiendo su género y dándole la vuelta a todo lo que se encuentra por el camino. Aquí, la “liberación sexual” de la que hablaban en los 60 para referirse, en realidad, a una liberación del placer masculino y del cuerpo femenino (este último únicamente como objeto de deseo del primero) da un paso más. La mujer toma el control de su sexualidad a través de las pociones y la brujería, ella decide lo que hace, cuándo lo hace y con quién lo hace.

La película está además cargada de elementos que forman un cóctel de símbolos feministas, y que envuelven la obra de principio a fin dándole una mayor contundencia al discurso. Sin ir más lejos, no es casualidad que Biller haya elegido una historia de brujas para arremeter contra el patriarcado. Las brujas son desde hace años un símbolo muy ligado al movimiento feminista debido a su significado histórico: mujeres quemadas en la hoguera por no adaptarse a las normas impuestas por los hombres. De hecho, en la película hay varias alusiones al rechazo que sienten los hombres del pueblo hacia las brujas, pero aparecen representadas como una comunidad religiosa más en la ciudad.

La sangre es otro de los símbolos más importantes del metraje. En más de una ocasión, la protagonista hace referencia a la menstruación femenina, habla de ella como algo bonito de lo que no avergonzarse. Uno de los momentos más destacados de la película con respecto a esta cuestión es cuando Elaine mata a su primer amante. Al enterrarlo, coloca sobre su sepultura una botella de cristal, que previamente ha llenado con su orina (otro fluido vaginal) y un tampón ensangrentado. La voz de la protagonista, que funciona también como voz narradora, nos deja la siguiente reflexión: la mayoría de los hombres ni siquiera han visto un tampón usado en su vida.

En definitiva, The Love Witch es una extravagancia muy acertada. El hecho de que su autora haya asumido esa gran cantidad de roles en la producción de la película nos da una pista sobre lo importante que debió ser para ella que su historia no fuera contaminada por las restricciones ajenas, que posiblemente habrían tergiversado parte del discurso en favor de otros intereses, quizás económicos. Anna Biller consiguió de esta manera firmar una película al más puro estilo craft, completamente loca y libre, reivindicativa, incluso un poco punk. Tanto por su forma como por su contenido, esta comedia de terror erótica tiene papeletas para convertirse en una película de culto en la línea de The Rocky Horror Picture Show (Jim Sharman, 1975). Tiempo al tiempo.



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