26/11/2017 Sin categoría 0

Víctor Erice: el éxito de ir a contracorriente

Si hay un cineasta que tenga la prueba de que el éxito no va asociado a las grandes producciones, ese es Víctor Erice. Con tan solo tres largometrajes, separados todos entre sí por diez años, y algunos cortometrajes y trabajos colaborativos, Erice ha logrado convertirse en uno de los directores españoles de mayor relevancia a nivel internacional. Las claves de cómo un artista tan cercano a la autoproducción se ha labrado un puesto tan sólido en la Historia del Cine, están únicamente en sus películas.

Uno de los temas troncales de la obra de Erice es la reflexión sobre el cine. El director representa el propio medio en sus películas, y de esta forma nos hace ser conscientes de que estamos delante de una. No hace un cine en el que el espectador se sumerja en la trama, llegando a creérsela, porque su propósito es otro. Su cine está más cerca de la representación de sensaciones, de la poesía, de abrir caminos y descubrir secretos. Por eso en su ópera prima El Espíritu de la colmena (1973), por ejemplo, el cine funciona como una especie de revelación para Ana, la niña protagonista. La iluminación del proyector se transforma en una iluminación metafórica en la mente de Ana, que a través de la película Frankenstein (1931) de James Whale descubre la muerte.

Frankenstein – James Whale
El Espíritu de la colmena – Víctor Erice

En su último largometraje hasta ahora, El sol del membrillo (1992), Erice lleva sus esquemas al límite. Tras un desencuentro con Elías Querejeta, productor de sus dos primeros largos, que le llevó a dejar inacabada El Sur (1983) tras paralizar Querejeta el rodaje, el director se planteó El sol del membrillo casi como una improvisación, una colaboración con los demás compañeros de rodaje. Tras pasar un verano entero con su amigo, el pintor hiperrealista Antonio López, acordaron juntos rodar sin guión el proceso del artista mientras pinta un membrillo plantado en el patio de su edificio, algo con lo que el pintor llevaba soñando durante todo el verano. Vemos aquí de nuevo esa intención de Erice, esa forma de entender el cine como revelación, como descubridor de secretos. Erice busca descubrir el significado del sueño recurrente de Antonio López, y las más de dos horas de película terminan por darnos un par de pinceladas: la imposibilidad de controlar el paso del tiempo, que no impide aun así la lucha incesante del artista por paralizarlo; la analogía entre la pintura y el cine: hacer cine es pintar con la luz. Y con estas reflexiones y muchas más a las que habría que dedicarles varios artículos enteros, una suerte de rareza documental, rodada sin guión y prácticamente autorpoducida se llevó a casa el Gran Premio del Jurado en Cannes.

 El sol del membrillo – Víctor Erice

Y El sol del membrillo, con una de sus conclusiones, nos lleva directamente a otro de los temas vertebrales del cine de Erice: el control absoluto del tiempo, la suspensión. El cine de Víctor Erice es lo que muchos denominan peyorativamente un cine lento. Muy lento. Sin embargo, es absurdo rechazar una lentitud que es tan necesaria en sus obras. La lentitud en Erice no es tedio, sino precisión, poesía, a veces incluso sencillez. La vida es lenta, los momentos íntimos son lentos, los descubrimientos son lentos. De todo eso habla Erice. El comienzo de El Sur, por ejemplo, sería inconcebible con otro ritmo. El despertar de Estrella tiene una cadencia de una precisión brutal, que nos introduce como espectadores de lleno en su camino. También en su último largometraje, como ya comentábamos, el control del tiempo es determinante. Vemos cómo Antonio López pinta líneas sobre la superficie de los membrillos, a medida que estos van cayendo por su propio peso, para poder controlar su posición dentro del cuadro.

En uno de sus últimos trabajos, el cortometraje Alumbramiento (2002), Erice nos narra los primeros momentos de la vida de un recién nacido en una casa de campo asturiana. El niño corre peligro por un derrame en el vientre, y cada segundo que pasa es decisivo para poder salvarlo de una muerte prematura. En diez minutos de metraje, Erice construye una carrera a contrarreloj que, aun gozando de la lentitud que caracteriza su cine, pone al espectador en tensión gracias a la total precisión rítmica con la que está filmado. Pero esta obsesión además traspasa la forma y se introduce en el contenido. En una de las imágenes que componen el corto, vemos a un niño que dibuja un reloj en su muñeca, y se lo acerca a la oreja para escuchar el tic-tac imaginario. El niño es una representación del propio cineasta tratando de controlar el paso de los minutos.

Alumbramiento – Víctor Erice

Todos estos elementos le sirven a Víctor Erice para hacer un cine que, como ya comentamos antes, está muy cercano a la poesía. De hecho, él mismo en una entrevista para El Confidencial hace unos años explicaba una analogía con una afirmación de Jaime Gil de Biedma. Mencionando que uno era director de cine todo el rato aunque no rodara películas, citaba al escritor diciendo que “no quería ser poeta, quería ser poema”. Puede que sin darse cuenta Erice estuviera definiendo a la perfección su papel en el cine. Con sus imágenes no se limita a crear historias, sino que escribe poemas, y este lirismo lo ha colocado en un lugar privilegiado en la Historia del Séptimo Arte.

 El Sur – Víctor Erice

Así, combinando todos estos elementos que definen su cine y muchos otros que se nos quedan por el camino, la trayectoria irregular y pausada de Víctor Erice ha demostrado que la producción y el dinero nunca han sido ni serán una limitación para el verdadero talento. Con su ópera prima y entre algunos abucheos, el director vasco ganó la Concha de Oro en el festival de San Sebastián de 1973. Con El Sur, su obra mutilada por los caprichos de la industria, compitió por la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1983. Y finalmente, con El sol del membrillo, una película huérfana de productor, se llevó el Gran Premio del Jurado en el mismo festival en 1992, dato que ya mencionamos antes. Quizás el único camino para la libertad total del creador en el cine sea este, el de la autoproducción, y con sus premios y nominaciones (que no miden necesariamente su talento, pero sí suponen una afirmación de su reconocimiento), queda demostrado que no se trata de un camino marginal ni amateur, sino de una opción igual de válida y efectiva que todas las demás.



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